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  • Almudena

De Madrid al Cielo


Puesta de Sol desde la Dalieda de San Francisco el Grande (Madrid, agosto 2019)


En agosto, Madrid parece desierto. Salvo en el centro, donde los turistas, sonrientes y curiosos, disfrutan del sol incansable que calienta la metrópoli, de sus tiendas, de sus terrazas, de sus tapas, de su gente.


Entre ellos, no somos muchos los madrileños que nos quedamos disfrutando del Madrid que suele pasar desapercibido habitualmente entre el ruido, las prisas, la impaciencia y la distancia. Aunque Madrid siempre está ahí, imponente, acogedora, alegre, siempre despierta. Como tú y como yo, la ciudad que nunca duerme.


Hace menos de un mes que decidí retomar nuestra costumbre de ir los miércoles al cine, a Chamberí, el precioso barrio donde los dos nacimos, con una diferencia de 32 años que nunca nos separaron.


El cine Paz es nuestro favorito, con la gente mayor del barrio esperando a que abran la puerta del cine, siempre tan previsores, con su entrada comprada nada más abrir la taquilla antes de las 4 de la tarde. No como yo, que siempre me pilla el toro… desde pequeña me lo decías aparentando enfado y aún no lo he corregido... Pero sé que te hace gracia, porque al final siempre llego en punto, como los relojes suizos que siempre te han gustado.


La película que me eligió para retomar el ritual de los miércoles fue “El cuento de las comadrejas”, maravillosa película argentina dirigida por Juan José Campanella, remake de la película del 76 “Los muchachos de antes no usaban arsénico”. Os la recomiendo a todos los que, como yo, disfrutéis del humor negro, amenizado con el acento argentino y la sublime actuación de sus protagonistas, con unos diálogos nada convencionales y unas frases que tocan el alma. Lo de las comadrejas lo dejo para vuestra imaginación…


La primera sesión es sin numerar, así que puedes elegir el asiento que más te guste, yo suelo coger una fila intermedia, la sala es de tamaño moderado y la pantalla también. Junto al pasillo, en esa butaca conservo tu sitio, y yo me siento al lado, me descalzo y disfruto de ese momento único conmigo, y contigo.


A la salida, no siempre escojo el mismo camino para volver a casa, siempre voy caminando, eso sí. La calle Fuencarral es irrenunciable, comenzando en su parte alta en el metro de Quevedo, donde me esperabas para ir a comer antes del cine; para después desviarme un poco hacia la siempre concurrida plaza de Olavide; saliendo por Trafalgar para llegar a Luchana, hasta la casa donde naciste.


Allí, sentada en un banco justo enfrente de tu portal, te imagino de niño bajando a toda prisa por las escaleras para jugar al balón en medio de la calle, cuando apenas pasaban un par de coches en horas. Siempre me sonrío recordando esa ilusión y esa sonrisa tan tuya, de niño que cree que todo es posible y que no se rinde nunca, pase lo que pase.


Y eso mismo es lo que me ayuda a levantarme cada día, cuando miro tu foto y te doy los buenos días y sé que te llevo siempre conmigo, aunque mis ojos no puedan verte, yo sé que vives en mí y en todo lo que compartimos.


Madrid, la ciudad que te vio crecer y la que te acogió en tu partida, te recuerda en cada uno de sus lugares.

Eres cada rincón concurrido de la ciudad, donde te acercabas a curiosear lo más variopinto de cada casa; las callejuelas del Madrid de los Austrias que esconden asombrosas leyendas que te sabías como nadie; el barrio de Chamberí y vuestro colegio, el tuyo y el de tu mejor amigo Fernando, San Antón, donde te acercabas cada 17 de enero a ver a todos los animalillos bendecidos por el Padre Ángel; cada árbol, flor o ser vivo del Paseo de los Plátanos en la Casa de Campo, tu lugar favorito para conectar con la naturaleza y sus infinitas formas y con la grandeza de estar vivo, que es lo más grande que me has enseñado.

Termino mi paseo muy cerca de casa, en la Dalieda de San Francisco el Grande, junto a la preciosa escultura de Santiago Costa “El sueño de San Isidro”. Mi lugar favorito para disfrutar del cielo de Madrid y de la mágica puesta de sol donde recuerdo quién soy y dónde estoy, y sé que, aunque tú no estés físicamente, siempre serás mi luz.


Papá, te doy las gracias por todo lo que me has enseñado y por el inmenso amor que me has mostrado cada día, cada instante a tu lado lo conservo conmigo. Espero de corazón, haber estado a la altura como hija de alguien tan maravilloso, bondadoso, amoroso y valiente como tú.


Por siempre en mi corazón.


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